#Pintura nº 457 #Michaël Borremans: Weigth, de David Zwirner

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Aula voladora de Melocotón Grande
#Pintura nº 457

Michaël Borremans: Weigth, de David Zwirner

Textos de Ann Demeester, Massimiliano Gioni, Philippe-Alain Michaud y Delfim Sardo. 88 pp. Cartoné. 18,4 x 24,1 cm. Hatje Cantz. Berlín, 2008

Michaël Borremans es uno de los artistas belgas más importantes del momento. Pintor y dibujante extraordinario, su muestra es una de las grandes citas contemporáneas.

Son pocos los pintores contemporáneos que puedan producir, al mismo tiempo, experiencias tan inusitadamente contrarias como las que se dan en la obra de Michaël Borremans, artista belga nacido en Geraardsbergen en 1963 y hoy residente en Gante. La exposición retrospectiva que le dedicó el Museo de Bellas Artes de Bruselas (BOZAR) es una espléndida ocasión para aventurarse en un trabajo que es a la vez magnético y elusivo, lúdico y profundamente melancólico. Alojada en el ámbito de la representación, su pintura resulta en principio inmediata y amable pero no tarda en tornarse tensa y grave. Lo comprobaremos más adelante, pero les avanzo que la primera sala es desasosegante cuando no dolorosa.

No sin cierta socarronería, Borremans siempre cuenta que no había cogido un pincel hasta los treinta y tantos años. Dibujó mucho, vió muchísimo cine y pensó incesantemente en la caudalosa circulación de imágenes que debilita lo que todavía hoy entendemos por realidad. Desde que empezó a pintar, la fascinación con la que se ha acercado a la historia de la pintura ha sido obsesiva. Acudió a Velázquez y al Barroco español, se citó con Goya y también con Manet. No oculta su interés por Chardin o por Rubens, y sería absurdo negar la influencia de Rembrandt. Una exposición de Borremans es una celebración verdadera de la pintura, cifrada en un crisol inagotable de citas y con invitados de lo más dispares.

Y no deberíamos ceñirnos únicamente a referencias históricas. Tal vez sin quererlo o sin saberlo, Borremans guarda analogías con otros artistas que proyectaron una sensibilidad abyecta y enconada. Ante sus pinturas uno recuerda la obra de Louise Bourgeois, de Diane Arbus, de Robert Gober… También se acoge a la extraña lógica interna del surrealismo y a un sentido del humor rayano en el delirio, cáustico, desmitificador y macabro a partes iguales, que brota de la tradición belga y que aflora en artistas desde Ensor hasta Broodthaers, desde Magritte hasta Dedobbeleer.

Sus cuadros no pueden mostrar mayor indiferencia hacia la representación verosímil. ¡Y a ella nos convoca! Pero todo es mentira

En la entrada de la exposición, Borremans ha situado a The Avoider, que es alguien que esquiva pero a quien podríamos llamar “el esquivo”, tal es su enigmático talante. Es un retrato de un hombre joven de tres metros y pico de altura, que viste ropa buena -su pañuelito al cuello no tiene desperdicio- pero que camina descalzo. No podría ser otra cosa que un urbanita de manual, y sin embargo se apoya en un palo, como si paseara por el campo. Pero aquí no hay campo, claro, porque Borremans casi siempre sitúa la acción en espacios neutros, como si fueran sets de cine. Miramos el cuadro con asombro, empequeñecidos deliberadamente por el pintor para que no bajemos la guardia y asumamos que esta va ser una exposición exigente que requerirá una mirada abierta.

El retrato es tal vez el género en el que con mayor nitidez se revelan las enormes paradojas sobre las que se alza la pintura de Borremans. Tras el desconcierto inicial que produjo el esquivo gigante, se sucede en la segunda sala una serie de retratos de menor formato. La manifiesta cercanía del modelo, su piel mórbida, la plasticidad de la superficie, carnal y táctil… Cuadros como Sleeper, en el que una niña duerme plácidamente, parecerían indicar que la identificación con el sujeto será inmediata, pero Borremans procura disipar pronto esta opción y ahuyenta todo atisbo de empatía. De entre las virtudes de todo retratista destaca su capacidad para reflejar la psicología del modelo, pero él sólo quiere avivar nuestra desafección hacia ellos. Son arquetipos sin alma, rostros casi modulares, iconos despojados de vida y varados en un tiempo que no es el nuestro. Sus cuadros no pueden mostrar mayor indiferencia hacia la representación verosímil. ¡Y a ella se nos convoca! Pero todo está construido. Todo es mentira.

Una película parte de una pintura que a su vez nace de un dibujo que fue realizado tomando como referente una fotografía encontrada. Esta es la lógica en la que suele cifrarse el trabajo de Michaël Borremans. A la vista de los escenarios en los que, ya desde sus dibujos, sitúa sus figuras parecen lógicos sus coqueteos con el lenguaje del cine. Llegado el momento, el espacio se oscurece y emergen imágenes en movimiento que indagan tensamente en el enigma. La vibración áspera y casi asfixiante de las películas (realizadas en 35mm) son al cine lo que los ángulos enconados y las perspectivas fragmentarias a la pintura. Y es que en toda su obra, las figuras y, en general, todo lo representado, se ajusta irremediablemente a las leyes de cada medio. Iría incluso más lejos: están maniatadas por el medio que les da vida. Son sus víctimas.

Un buen ejemplo es el conjunto de trabajos de las series Add and Remove o The House of the Oportunities, en las que los motivos -una estantería poblada por árboles en miniatura en la primera, y una casa con mil ventanas en la segunda- son tratados desde los diferentes medios que utiliza el artista y sobre diferentes soportes. Borremans revela aquí una actitud obsesiva, febril. Y es así como parece querer mostrarse, pues este perfil que de tan sistemático resulta casi esquizofrénico ocupa una buena parte del sector final de la exposición. Add and Remove es el título de una serie de tres cuadros realizada en 2003. Borremans retoma el asunto cuatro años después, como si quisiera plantear una solución al indudablemente confuso tema que tratan los cuadros. Como cabría esperar, la estructura misma del cine no hace sino complicar aún más las cosas…

Ya al final de la exposición, The House of the Opportunities, una de cuyas imágenes ilustra esta página, se resuelve en una similar dinámica conceptual basada en radicales cambios de perspectiva y en la que se vierten narrativas de muy diferente naturaleza. Aparece invariablemente una casa con un número indefinido de ventanas, pero en los diferentes dibujos y pinturas la casa sufre una inquietante distorsión de escalas. Es esta casa de las oportunidades el centro de un universo surreal y delirante, deslizante e impreciso, un grupo de trabajos que encarna con nitidez la cínica perversidad de la obra de Michaël Borremans.

“Me gustan Velázquez y Rubens -nos cuenta en su estudio de Gante-. Tenían una técnica parecida en términos de eficacia. Eran temperamentales. Yo no tengo paciencia, y soy incapaz de pintar veladura tras veladura. Pinto muy rápido, en dos o tres sesiones de unas dos horas cada una. La segunda sesión es la importante, en la que se define la pintura. Por eso me interesa la técnica barroca: es eficaz y económica”.

“Mis maestros iniciales fueron Fragonard y Watteau, su forma de entender el dibujo me cautivó totalmente. Luego pasé al Barroco español, pero tardé en ir al Museo del Prado y de hecho mi primera visita fue hace no más de 10 años. Me daba miedo. Temía quedar paralizado, como si me cayera un rayo. Encontrarme con esos maestros me empujó a la urgencia de decir algo relevante, de ser un pintor relevante en mi tiempo”.

 

MG. Weight