#Fotolibro #Periodismo nº 455 #James Nachtwey

MG. Nachtwey 3

Aula voladora de Melocotón Grande
#Fotolibro #Periodismo nº 455

James Nachtwey

Siracusa, Nueva York, 14 de marzo de 1948

«El mayor deseo de cualquier fotógrafo de guerra es quedarse sin trabajo» James Nachtwey

En el documental «Fotógrafo de guerra», James Nachtwey (Syracuse, Nueva York, 1948) parece estar siempre perdido, fuera de lugar. Entre disparos en las calles polvorientas de Gaza, en disturbios fatales en la Sudáfrica del «apartheid» o en el duelo de un muerto en Kosovo, Nachtwey es un alien: espigado, impoluto, se atusa un flequillo canoso y perfecto tras disparar el objetivo, la camisa limpia, arremangada con cuidado justo por encima de los codos. Parece un turista de la gente bien de Nueva Inglaterra, teletransportado a un infierno de fuego cruzado.

No es así: Nachtwey está donde quiere. Donde debe estar para contar con imágenes la historia que cree que debe contar. La del dolor de la guerra, la pobreza, la de los marginados. Ha entregado su vida a colocarse enlugares de riesgo para obtener la foto que muchas veces se evita, que no se quiere mostrar o que no se quiere ver. El suyo es un sacerdocio fotoperiodístico que le ha puesto cerca de la muerte, pero no abandona la cámara. «La sociedad no puede funcionar sin la información que proporcionamos y sin las historias que contamos», dijo el año pasado cuando recibió el premio a toda una carrera de la Sociedad Americana de Editores de Revistas.

Su primer encargo en zonas de conflicto fue en Irlanda del Norte, en 1981. Le enviaron a cubrir los disturbios en Belfast tras la muerte de Bobby Sands y otros miembros del IRA en huelga de hambre. «Estaba más verde que la hierba», ha recordado Nachtwey en alguna ocasión. Antes había trabajado varios años como fotógrafo en un periódico de Albuquerque (Nuevo México) hasta que en 1980 se fue a Nueva York a buscarse la vida como «freelance».

De Belfast regresó con un gran material que fue publicado en un reportaje de seis páginas en «Newsweek» y con el veneno del periodismo de guerra en la sangre. Dos semanas más tarde, ya estaba en Beirut, en primera línea. Y así ha seguido hasta hoy, siempre guiado por una premisa, que repite cada vez que puede: «He sido un testigo, y estas imágenes son mi testimonio. Lo sucesos que he registrado no deben ser olvidados y no deben repetirse».

Nachtwey ha disparado su objetivo en Guatemala, Indonesia, Irak -se salvó por poco de un ataque con granada-, Sri Lanka -donde tuvo que esconderse varias semanas en un monasterio-, Afganistán, Somalia, Filipinas, Chechenia, Ruanda y una decena más de países. Sus coberturas le han valido premios de todas las clases, entre ellos, cinco medallas de oro Robert Capa y dos premios World Press Photo.

Siempre ha ido a buscar el conflicto, pero a veces el conflicto le ha encontrado a él. Como el 11 de septiembre de 2011. Su apartamento estaba en el Sur de Manhattan, en Nueva York, y vio el humo en la torre Norte de las Torres Gemelas desde su ventana. Supo desde el primer momento que había sido Al Qaeda, porque los había conocido de cerca, en la Afganistán de los talibanes. Corrió todo lo que pudo para acercarse al World Trade Center y realizó un impactante reportaje.

La imagen más recordada de esa serie parece una composición pensada durante semanas: en el primer plano, una cruz oxidada, sobre el tejado de un edificio, quizá una iglesia, que queda fuera de la foto; detrás de la cruz,se desploma la Torre Sur, que es solo una columna de humo gris, ceniza y escombro; a la derecha, la Torre Norte todavía en pie, con algunos pisos en rojo incandescente; y una bandera estadounidense ondea en una esquina. La realidad es que fue el 36º disparo de un carrete de 36 fotos, la última imagen que tomó antes de salir corriendo y que todo a su alrededor se llenara de ceniza.

La composición, como en otras instantáneas suyas, es impecable. Pero nunca es la prioridad. «Utilizo lo que sé sobre los elementos formales de la fotografía al servicio de la gente a la que fotografío, no al revés. No intento crear un mensaje sobre fotografía. Intento usar la fotografía para crear un mensaje sobre lo que ocurre en el mundo», ha asegurado el fotógrafo, que aprendió el oficio de forma autodidacta.

Desde 1984 es fotógrafo de la revista «Time». Fue miembro de la agencia Magnum de 1986 a 2001. Ese año fundó en Perpiñán, junto a otros colegas como Alexandra Boulat, Ron Haviv, Gary Knight, Antonin Kratochvil, Christopher Morris y John Stanmeyer, VII Photo Agency, una cooperativa internacional de fotógrafos, con oficinas en Nueva York, París y Los Ángeles. A los siete miembros fundadores se les añadieron después Lauren Greenfield en 2002, Joachim Ladefoged en 2004, Eugene Richards en 2006 y Marcus Bleasdale y Franco Pagetti en noviembre de 2007.

Casi tuvo que ser un viandante quien hiciera la foto. A su llegada al histórico Hotel de la Reconquista, en Oviedo, los fotógrafos de casi un centenar de medios que cubren la semana de los premios Princesa de Asturias se lanzaron a los brazos de James Nachtwey (Nueva York, 1948). El reportero de guerra más aclamado del planeta -“la reencarnación de Robert Capa”, como algunos le denominan- despierta la admiración de sus colegas, y estos no dudaron en transmitírselo. Entre el sonido de las gaitas que llegaba desde la izquierda de la puerta principal del Reconquista, la pulcritud de Nachtwey -negro sobre negro en americana y camisa-desató la euforia entre la prensa, que le debe al fotógrafo, al menos, la dignificación de un oficio demasiado vilipendiado en los últimos tiempos.


“Los sujetos políticos tratan de impedir a los periodistas hacer su trabajo”, dijo Nachtwey, pero no era un lamento. “Para nosotros esto debe ser un reconocimiento; nuestro poder es cuestionar al Poder y hacerles responsables”, reclamó el fotógrafo, que en más de una ocasión se ha pronunciado en contra de las tragedias del mundo, las que él retrata: “Estados Unidos es directamente responsable de las guerras de Irak y Afganistán”. James Nachtwey decidió ser reportero de guerra tras comprobar la trascendencia de la fotografía en la guerra de Vietnam. “Me interesaban más las imágenes que de allí llegaban que lo que contaban los gobiernos”, afirma. Y así se convirtió en fotógrafo, de forma autodidacta, mientras trabajaba como aprendiz de montador de cine y como conductor de camión. Antes de pisar la tierra de los campos de refugiados y las ciudades arrasadas por los terremotos, Nachtwey había trabajado en el mar en barcos de la marina mercante.

El descarnado retrato de los conflictos bélicos y los desastres humanitarios sirvió para queel fotógrafo fuera encumbrado en lo más alto de las disciplinas comunicativas, pues no se puede contar nada más verdadero que una guerra o una tragedia humana. Por ello, Nachtwey reivindica la autoeducación de la mirada, por mucho que moleste, “para poder solucionar los problemas”. Se trata de “afrontar que las imágenes más dolorosas son la verdadera realidad”, dice, aunque sólo ocupen “un lugar muy concreto dentro de una matriz de información”. Pero esta información es necesaria porque forma parte de un cúmulo de aportaciones: “No hay una sola persona que pueda cambiar el mundo sin la ayuda de los demás”. En este sentido, Nachtwey se posiciona a favor del periodismo ciudadano, por más que suplante al fotoperiodismo en ocasiones. “Es un avance muy interesante y muy útil en el modo de divulgar información sobre acontecimientos a los que los periodistas no tenemos acceso”. Eso sí, siempre que se mantenga “una perspectiva profesional con respecto a la información”, en este caso fotográfica.

Admirador desde muy joven de las pinturas de Goya, Nachtwey vislumbró en la obra del artista español la representación de “una naturaleza verdaderamente bárbara” y, aunque reconoce que el arte nunca le ha servido como plantilla para realizar su trabajo, siempre se cuela en su objetivo ese modo de colocar la mirada. Desde una perspectiva directa y testimonial, cargada de realismo. Ese modo de ser fiel a su profesión es la que exige para sus editores. “Debe haber una confianza entre el periodista o fotógrafo y el agente que lo publica”, dice, aunque reconoce no haber tenido demasiados problemas nunca por su carácter independiente, desde sus trabajos en Time Magazine, Black Star o Magnum hasta que fundó su propia agencia: VII Photo.

Ganador en dos ocasiones del WorldPressPhoto (1992 y 1994) y cuatro veces Medalla de Oro Robert Capa, James Nachtwey prefirió zanjar en rueda de prensa una polémica referente a la familia delpresidente sirio, cuando fue preguntado precisamente por el grado de independencia que ha concedido a su profesión. El fotógrafo quiso aclarar que los retratos tomados en 2011 sobre la familia Al Asad para la revista Vogue formaban parte de un encargo que recibió “justo antes de que comenzaran los altercadosen Siria”. Por cierto, “no les quepa duda”, dijo. “Habrá una nueva oleada de refugiados. ACNUR ya se está preparando”.


El fotoperiodista estadounidense James Nachtwey conocido por sus cuatro décadas de trabajo en guerras, campos de refugiados y ciudades castigadas por catástrofes naturales o ataques terroristas, ha sido galardonado hoy jueves con el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2016. Es la primera vez que un fotorreportero recibe el galardón en esta categoría. Dos veces ganador del World Press Photo (1992 y 1994) y con cinco Medallas de Oro Robert Capa (1992, 1993, 1998, 2001 y 2008), entre otros galardones, Nachtwey es uno de los más reputados fotoperiodistas y reporteros de guerra en activo.

A Nachtwey, que vive en Nueva York, casi le han despertado desde la Fundación Princesa de Asturias para comunicarle este reconocimiento: “Es un honor recibir el premio y estar en compañía de tantas personalidades y organizaciones sobresalientes que han sido fuente de inspiración e influencia tanto para mí como para millones de personas”, ha dicho. Entre las imágenes más icónicas de Nachtwey, se encuentra el primer plano de perfil que tomó a un joven hutu en Ruanda, en 1994, cuyo rostro está atravesado por las cicatrices de los machetazos. Esta imagen ganó el premio World Press Photo ese año.El presidente del jurado, Víctor García de la Concha, director del Instituto Cervantes, ha destacado en el fallo que el fotoperiodista estadounidense (Siracusa, Nueva York, 1948) está “considerado uno de los mejores reporteros gráficos de guerra de las últimas décadas”. El jurado ha valorado en Nachtwey “su compromiso profesional”, que “le ha llevado a cubrir una treintena de conflictos bélicos y crisis humanitarias sin abdicar de los principios éticos del informador, ni maquillar el dictamen de la cámara”. García de la Concha ha concluido que “como lúcido testigo del sufrimiento humano, su magisterio se extiende a varias generaciones de fotoperiodistas de todo el mundo”.

Morenatti ha subrayado de su colega que, aunque lleva cuatro décadas de trabajo, aún continúa vinculado al oficio. “Acaba de llegar de la isla de Lesbos, en Grecia, de cubrir las historias de los migrantes”. Morenatti (Zaragoza, 1969), que ha fotografiado conflictos en Oriente Próximo, Pakistán o Afganistán, ha agregado que Nachtwey es además el autor del “mejor libro de la fotografía moderna, Infierno, en el que cuenta 10 años de conflictos. Es la Biblia de los fotoperiodistas”. Por último, ha querido llamar la atención de este premio “en un momento en el que la profesión de fotoperiodista está denostada, porque la apuesta que se hace hoy no es la misma de hace años. Hoy, el fotorreportero tiene que hacer también vídeo, audio y texto… eso hace que pierda concentración en lo que debe ser su principal dedicación”.

Nachtwey se graduó en Historia del Arte y estudió Ciencias Políticas. La vocación de fotógrafo le llegó con las imágenes del movimiento por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos y las de la Guerra de Vietnam. Otra razón fue las pinturas de Goya de los Desastres de la guerra. “Considero a Goya el padre de los fotógrafos de guerra”, dijo. Este autodidacta que ha disparado sobre todo en blanco y negro comenzó a trabajar como fotógrafo de prensa en 1976, en Nuevo México (Estados Unidos ), y cuatro años después se instaló en Nueva York. Su primera salida al extranjero como fotógrafo fue en 1981, para cubrir el conflicto de Irlanda del Norte, durante una huelga de hambre de miembros del IRA. Desde entonces, ha cubierto casi todas las guerras y conflictos. En 2003, resultó herido gravemente cuando fotografiaba la guerra de Irak para Time, al ser atacado en Bagdad el comando con el que viajaba.

MG. James Natchwey