#Fotolibro #Feminismo nº 452 #Claude Cahun

MG. Cahun

Aula voladora de Melocotón Grande
#Fotolibro #Feminismo nº 452

Claude Cahun

Pseudónimo de Lucy Renée Mathilde Schwob. Nantes, Francia, 25 de octubre de 1894 – Saint-Hélier, isla de Jersey, 8 de diciembre de 1954

Maestra de la androginia y del disfraz, la fotógrafa francesa cuestionó la representación visual de la mujer en el arte

Su rostro era un poema. Un poema de Edgar Allan Poe. “Con aires de gran señor o de gran dama (…) Pájaro de ébano / Con tu cresta cercenada y mocha”. Sí, un cuervo. Su perfil de látigo sin dueño ha llegado a ser perdurable en unos autorretratos que nos han legado un paradigma excepcionalmente útil, el de una autora indagadora y morbosamente vívida capaz de utilizar su arte tanto para expresarse como para camuflarse. Existe una ambigüedad esencial contenida en el trabajo de Claude Cahun (seudónimo de Lucy Schwob, Nantes, 1894-1954) como si quisiera sopesar la necesidad de plasmar su condición de mujer y su urgencia de sortear ese descubrimiento.

En la figura de Claude Cahun encontramos una existencia llena de mudanzas que no ignora el desorden y lo irracional de la identidad, el culto de lo pasional y lo anómalo. Con veinte años publicó su primer texto, Vues et visions, bajo el nombre de Claude Courlis. Claude es un nombre indeterminado; Courlis significa chorlito real, y bien podría aludir a su propio perfil curvo y puntiagudo de ave gótica. Un autorretrato fechado en 1928 rompe todos los cánones del ángel doméstico; liberadas todas las plumas de una prisión donde debía haber sido reducida a objeto de utilidad social, la artista culmina un viaje sin retorno a la plenitud andrógina: enfundada en un maillot negro, de perfil, con el ojo semiabierto y pintado de negro, luce un cráneo rasurado, una notable nariz y la barbilla en punta. Parece un ser ingobernable, como el personaje abortivo que creó Victor Frankenstein.

Poeta, ensayista, traductora y, sobre todo, activista revolucionaria, fue un icono ‘proto-queer’. Los rostros que surgían de su abismo personal fueron domados por un coraje que aceptaba la multiplicidad del ser. Travestida en personajes no necesariamente femeninos ni masculinos, siempre retando con la mirada al objetivo de la cámara, Cahun se fotografiaba diariamente con la ayuda de su hermanastra y compañera de vida, la dibujante Suzanne Malherbe (Marcel Moore era su nom de plume). Si Lady Macbeth le pide a los dioses que le despojen de su sexo a favor de la ambición, Claude Cahun se inventa un cuerpo performativo, un id que le permite enajenarse del reino físico/natural de la mujer que representa la cultura, una especie cruda de femineidad que ha de exorcizarse si no puede controlarse. De ahí su continua reinvención de sí misma en simulacros y mascaradas, que plasma en fotografías y en la escritura de perversos cuentos de hadas. Aquellos autorretratos escenificados entre ella y su amante, a la manera de un juego a dos, no fueron concebidos para ser vistos en público, pero abrieron una brecha en la historia de la representación visual de la mujer y en la inversión de las normas del género, que continuaron autoras como Gina Pane, Orlan o Cindy Sherman.

Claude Cahun, poeta, ensayista, traductora y, sobre todo, activista revolucionaria, fue un icono proto-queer. Su vida transcurrió en la época de las grandes amazonas nacidas en el seno de la gran burguesía intelectual parisiense: Natalie Barney, Gertrude Stein, Silvia Beach, Adrienne Monier, Dora Maar, Djuna Barnes, Meret Oppenheim o Lee Miller. El núcleo familiar formado por su padre Maurice Schwob y su madre Marie-Antoniette Courbebaisse lo compartirá con su hermanastra y amante Suzanne, hija de Madame Malherbé, segunda esposa de su padre. De su abuela materna tomó el patronímico, inscrito en la tumba familiar y del que su tío, el escritor y crítico simbolista Marcel Schwob, decía: “Nuestra maldición es ser hijos de Cahun, pero es por eso por lo que no somos imbéciles”. Por su atelier de Montparnasse desfiló la plana mayor del surrealismo, que incluía a sus amigos Henri Michaux y André y Jacqueline Breton.

El trabajo de Claude Cahun no fue suficientemente reconocido hasta 1995, cuando el Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris le dedica su primera retrospectiva, comisariada por Suzanne Pagé. A partir de entonces, las lecturas de su obra deben utilizar el lenguaje metafórico del misticismo: plenitud, androginia, fantasía; pero también del feminismo: parodia, transgresión, rebeldía. El juego de los rostros es un juego de escrituras, de deseo. Y en ello radica la audacia de una artista capaz de llevar la performance al género. Este es precisamente el sentido de la exposición que ahora se presenta en el Palau de la Virreina de Barcelona. Se trata probablemente de su retrospectiva más poética -y política- de los últimos quince años, realizada en colaboración con el Jeu de Paume, de París, donde se exhibió el pasado verano, con decenas de trabajos que van desde sus primeros autorretratos de 1913, donde vemos cómo Cahun ya excavaba el espacio marcado entre sexo y género; retratos de artistas y amigos, poemas visuales (téâtre d’objets), deliberadamente incoherentes, cuando no activistas; y los fotomontajes, fruto de su liaison con Moore; los más relevantes formaban parte de su obra literaria más singular, Aveaux non avenus (1930)(Confesiones sin valor), un pozo de cavilaciones y pensamientos de raíz judía.

En muchos de estos trabajos, aflora su conocimiento de las técnicas dadaístas; pero su enfoque es plenamente surrealista; primero en sus tableaux photographiques y bodegones, después en sus autorretratos teatralizados en interiores. Y ya a partir de 1937, cuando el espacio exterior y la naturaleza cobran mayor relieve, en composiciones metonímicas de objetos que son una proyección de su yo múltiple, que incluían también fotos de desnudos y escenas sadomasoquistas de carácter lésbico. Aquellas imágenes fueron requisadas y destruidas tras la detención de la pareja por la Gestapo. Claude y Marcel, que firmaban sus panfletos contrapropagandísticos y de resistencia con Le Soldat sans nom, se vieron obligadas a cambiar su feliz refugio en la costa anglonormanda de Saint Brelade por una inmunda prisión militar. Se las condenó a muerte, pero ellas prefirieron el suicidio. Sin éxito. Meses después se les conmutó la pena.

En 1945, de vuelta en su retiro de la isla de Jersey, fueron capaces de vivir durante una década más en voz alta, salir del espejo de la autoridad masculina para legar una obra de autoridad y autoría propias. Todavía hoy son un icono.

MG. Claude Cahun