#Fotolibro nº 515 #Imogen Cunningham: Photographs, de Imogen Cunningham (1970)

MG. Imogen Cunningham

Aula voladora de Melocotón Grande
#Fotolibro nº 515

Imogen Cunningham: Photographs, de Imogen Cunningham (1970)

Prólogo de Margery Mann. University of Washington Press. Washington, 1970. 120 pp. Cartoné. 29,5 x 19 cm

En 1910 estableció su propio estudio en Seatle. Focalizó en esos años su trabajo en las formas de plantas, flores y formas arquitectónicas, consiguiendo imágenes pictorialistas que le valieron gran reconocimiento.

Se acercó al mundo de la fotografía a la edad de veinte años cuando cursaba la carrera de Química. Con una cámara que venía como obsequio en un curso por correspondencia empezó a practicar en el campus de la Universidad, donde se retrato a sí misma desnuda sobre la hierba. Colaboró en el estudio de Edward S. Curtis entre los años 1907 y 1909 que posteriormente aboandonó cuando le fue concedida una beca para estudiar en la escuela técnica Hochschule, famosa por su alto conocimiento en química fotográfica.

A finales de los años veinte, Imogen se había convertido en hito en la fotografía más experimental. La captación de los motivos florales en los que reducía la naturaleza a las formas simples, centrando la atención en el detalle, supuso en Cunningham una visión de la fotografía claramente moderna. Junto a esta temática, sus retratos alcanzaron gran prestigio. Se le reconoce haber desarrollado un estilo ambiental relajado. Sus amigos, familiares y personas de su entorno protagonizaron los mejores posados de su trayectoria. A ellos se sumaron más tarde artistas como Morris Graves y Ruth Asawa o modelos como Phoenix. Entre 1933 y 1936 retrató para la revista Vanity Fair a estrellas de Hollywood como Cary Grant y a personalidades políticas como el expresidente Herbert Hoover. Sus retratos de Frida Kahlo se cuentan entre los más difundidos por todo el mundo.

Fue miembro fundador del famoso Grupo F/64 junto con Ansel Adams y Willard Van Dyke. En 1956, ya con 73 años de edad, se organizó una exposición en Nueva York viviendo que supuso un gran reconocimiento a su carrera profesional. Creó un sello chino para firmar sus fotografías con tres sílabas I-MO-GEN que se traducen por IDEAS-SIN-FIN.

Ciertamente, no sé qué resulta más fascinante, si la arrebatadora belleza de sus fotografías o la personalidad y la biografía de su autora, la norteamericana Imogen Cunningham, nacida en Portland, Oregon, en 1883. Fue una mujer pionera, estudiante de química, viajera por Europa -publicó su tesis doctoral en Alemania, en 1910-, atraída por la fotografía apenas cumplidos los veinte años y fundadora de su propio estudio dedicado al retrato. También esposa, amiga y compañera de artistas; miembro asociado del principal grupo americano de fotografía nítida de lo real, el f/64, al que perteneció Ansel Adams; participante en las más relevantes exposiciones internacionales de primera época, como la Film und Foto, de 1929, en Stuttgart, y con una trayectoria profesional -¡70 años!- sin perder jamás el pie de la contemporaneidad ni abandonar el ideario rompedor y progresista con el que se comprometió durante toda su existencia.

Sin duda Imogen Cunningham es una de las mujeres que más ha contribuido a que la mujer desempeñe un papel social lo más igualitario posible con el hombre y, también, es indudable su destacada actitud feminista-no en vano, la artista vivió todas las transformaciones sociales y todos los cataclismos internacionales del siglo XX-, pero su posición ante la vida, sus valientes incursiones en la verdad y la belleza de lo humano, nos incumben por igual a hombres y mujeres, y poseen una misma fuerza transformadora para unos y otras.

La exposición, comisariada por Celina Lunsford -y organizada en colaboración con La Fábrica, que estos días exhibe obras de una de sus discípulas, Sally Mann- muestra unas 200 fotografías, algunas de ellas inéditas y otras muy poco conocidas, que van desde sus orígenes pictóricos, entre 1906 y mediada la década siguiente, hasta sus retratos de finales de los años sesenta, dividiéndolas, de modo clásico, en apartados temáticos, ordenados sin sumisión alguna a la cronología.

Pero, ya sean catalogadas como Vida y arquitectura urbanas, como Flores, paisajes y bodegones, como El cuerpo y la danza o como Retratos, de cada una de ellas brota su calidad e innovación técnicas, la inventiva inagotable de Cunningham y su permanente relación con la modernidad -que hace perenne y libre del tiempo sus tomas- en la que se anuncian procesos y modelos que reconocemos como conformadores de la vanguardia en sus distintas etapas. Un aspecto que destaca por encima de otros es su relación con el cuerpo, tanto masculino como femenino: en su libertad visual -¡se autorretrató desnuda en la puritana América de principios del siglo XX!-; en la empatía que demuestra con sus modelos y en su textura formal, pétrea y cálida en un mismo instante.

Recorriendo la exposición, catalogamos una inmensa sucesión de antecedentes visionarios de modos y maneras que se volvieron auténticos descubrimientos años y décadas más tarde. Sus tomas urbanas sitúan, desde un primer momento, los personajes en el “lugar significante”; sus flores, recortadas, precisas y fuertemente iluminadas anuncian a Robert Mappelthorpe; algunas tomas domésticas, sin suciedad ni desechos humillantes, a Tracy Emin; los cuerpos alumbrados por el sol entre las persianas a los interiores de Eric Fischl; sus depósitos y edificios a los aislamientos de los Becher, y así casi interminablemente. Palpita contemporaneidad.

Cuentan que Cunningham firmaba sus fotografías con un sello en caracteres chinos que con las tres sílabas de su nombre I-mo-gen componían un ideograma que significa “ideas sin fin”, una rúbrica exacta para una labor infinita.
Con 92 años, en 1976, inició una serie de fotografías de ancianos que la muerte le impidió acabar. El proyecto da idea de la vitalidad y el afán de innovación que acompañaron a esta mujer desde que en 1906 compró su primera cámara. Para entonces, Imogen Cunningham (1883 Oregón – 1976, San Francisco) se había convertido en una de las artistas más influyentes e imitada por varias generaciones de jóvenes fotógrafos. Los interiores de sus sorprendentes desnudos, sus personajes de la calle o sus retratos de celebridades, formaban ya parte de la historia de la fotografía. La Fundación Mapfre ofrece en su sede de Azca la mayor retrospectiva dedicada a Cunningham en España.

Estudiante de química, recurrió a la enseñanza por correspondencia para desentrañar el manejo de las cámaras. Un autorretrato desnuda en el campus fue su peculiar forma de anunciar de que la joven fotógrafa se atrevía con todo. De forma aparentemente sencilla fijó su objetivo en los interiores de las plantas y jugó con las flores hasta conseguir composiciones cargadas de erotismo. Los cuerpos desnudos, en cambio, parecen un amontonamiento caprichoso en el que los pechos asoman en medio de un bosque de brazos y piernas.

Celina Lunsford, comisaria independiente ha recreado la trayectoria artística y vital de Cunningham a través de 200 fotografías, algunas de ellas nunca expuestas. Organizadas por temas, la fotógrafa queda retratada como devoradora infatigable de imágenes y una experimentadora contumaz. En sus comienzos, apartado que ofrece un número de obras inéditas, se muestra su pasión por el paisaje y su gusto por los juegos de luces y sombras sobre las arboledas. La arquitectura y las caprichosas formas de los edificios industriales de mediados del XX llenan una buena parte de la exposición.

Las composiciones abstractas y cubistas con vegetales y personas se alternan con personajes de calle, niños y mayores, a los que Cunningham realiza sus famosas fotografías robadas. El último apartado está ocupado por su obra más conocida. Son retratos realizados para Vanity Fair en los que aparecen los nombres de los más adorados del cine, el teatro y la danza del siglo XX: Martha Graham, Cary Grant, Joan Blondel o Spencer Tracy.

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