#Cuentos clásicos #Cuentos de hadas #Perrault nº 461 #Le Petit Poucet (Pulgarcito), de Charles Perrault. Ilustraciones de Klaus Ensikat

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#Cuentos clásicos #Cuentos de hadas #Perrault nº 461

Le Petit Poucet (Pulgarcito), de Charles Perrault. Ilustraciones de Klaus Ensikat

Edición española: Pulgarcito y otros cuentos. Doncel. Madrid, 1983. Traducción y prólogo de Carmen Bravo Villasante. 103 pp. Cartoné. 29 x 21 cm.

Nueve cuentos en versión original -sin edulcorar y con moraleja- magníficamente acompañados por las ilustraciones de Ensikat. Un libro de cuentos para adultos.

En el siglo XIX, unos cuantos títulos infantiles se hicieron famosos como textos de lectura en el aula. Entre ellos se hallaban las fábulas de Esopo y Jean de la Fontaine (1621-1695), así como muchos cuentos populares que a principios del siglo XIX se convirtieron en “cuentos de hadas”. Otra temprana e influyente colección infantil fue Cuentos de la mamá oca (1697), de Charles Perrault, obra que se considera fundadora del género literario del cuento de hadas como tal. La popularidad de estas primeras colecciones inspiró en el siglo XIX una serie de cuentos de hadas y fantasía que incluían figuras tales como objetos mágicos y animales parlantes.

“Por frívolas y extrañas que sean todas estas fábulas en sus aventuras, no hay duda de que excitan en los niños el deseo de parecerse a los que ven llegar a ser felices, y al mismo tiempo el miedo a las desgracias en que cayeron los malos por su maldad.” Ch. perrault, prólogo a Cuentos en verso, 1697

A pesar de nutrirse de las mismas fuente que Basile, e incluso en el propio Basile, fue el francés Perrault quien perpetuó algunos de los cuentos que hoy en día los niños conocen, en versiones de todo tipo. Perrault era un destacado hombre en la corte de Luis XIV y miembro de la Real Academia Francesa, que asistía a las lecturas en los salones de damas de la alta sociedad. Para esas lecturas recogió en Cuentos de la madre Oca. Historias o cuentos de tiempos pasados (1697), viejas historias que reescribió con belleza y ritmo. Por primera vez, la señora Oca abandona el campo y llegaba a la ciudad, arropada por un escritor de la Academia de bellas Artes.

Perrault tenía cierta influencia en esa corte barroca y ostentosa que era la de Luis XIV, y fue un hombre manare de lo burlesco y de la provocación. El clasicismo heroico le hastiaba, como a muchos de sus contemporáneos. por eso, volvió su mirada a lo que se contaba en las calles y en los pueblos. “El contraste entre las oscuras calles de entonces, llenas de lodo e inmundicias y el mundo maravilloso y radiante de las mansiones de los nobles, debió de ser abrumador”, tal y como lo define Gombrich.

Estos ocho cuentos, que circulaban en recortadas versiones en la literatura de cordel, adquirieron su forma definitiva: La Bella Durmiente del bosque, Caperucita Roja, Barba Azul, El gato con botas, Las hadas, Cenicienta, Riquete el del copete y Pulgarcito, perdieron la espontaneidad con que eran narrados en corrillos, para recibir innovaciones estéticas del gusto de la época. lo maravilloso, que aquí se manifestaba en hechizos, hadas buenas y malas, brujas, encantos y ensalmos, encontró entre el público saturado de gestas y épicas el éxito que la consagraría. Eso sí, Perrault es moralista y de inspiración cristiana, así que en sus cuentos, aunque sea con ligeros toques, a veces inapreciables y espesándose en el final, suelta sus moralejas cuando los niños ya han percibido la enseñanza. Perrault, además, introduce la ironía sobre lo maravilloso.

“Todos encierran una moraleja muy sensata, y que se descubre más o menos según el grado de penetración de los que lo leen”, escribió Perrault en el prólogo de sus Cuentos de la madre oca. En ellos pueden observarse tres tendencias: la de la tradición (la Madre Oca, es decir, los tiempos pasados), la narrativa (pues los relatos adquieren forma estructurada de cuentos) y la didáctica (consejos morales).

A diferencia de los recopiladores “puros”, Perrault nos ofrece el cuento tal como se lo han contado. Da coherencia a la estructura del relato, la simplifica, la agiliza, le introduce unas notas de humor. Y también presta atención a no ofender el pudor y el buen gusto. En la versión de La Bella Durmiente, la mujer duerme con toda su pureza y es concebida sin darse cuenta, o sea, sin placer y sin pecado, como si fuera una virgen de las que se presenciaban en el arte.

En la lectura comparativa de sus cuentos con otras versiones se observa, por ejemplo, que ha eliminado escenas donde las protagonistas se desnudan (Cenicienta, Barbazul). por último, su selección de los cuentos (descartando muchos que en la época eran populares) los ayudó a no caer en el olvido.

Su estilo condensado y claro, con ritmos simples y llenos de pintorescas fórmulas del tipo “Suelta la clavija, que la aldaba cederá”, acerca sus cuentos a las tradiciones poéticas y les imprime un ritmo encantador que facilitó su transmisión.

“Si durante siglos no se pensó siquiera en dotar a los niños de trajes adecuados, ¿cómo se pensaría en brindarles buenos libros?”, escribe Paul Hazard. Perrault, sin embargo, expresó en el prólogo una intención pedagógica y se refirió a sus cuentos como “semillas que se lanzan, que al principio no producen más que movimientos de alegría o de tristeza, pero que germinan hasta dar buenas inclinaciones”. ¿Escribiría esto para satisfacer a una parte del auditorio, a las señoras de los salones que se ocupaban activamente de la educación? ¿Esas damas de la corte que ejercitaban también su pluma y publicación con regularidad textos didácticos?

MG. Pulgarcito4