Bella y perdida (Bella e perduta), de Pietro Marcello (Italia, 2015)

MG. Bella y perdida

Aula voladora de Melocotón Grande. Cine / Fábulas nº364
Bella y perdida (Bella e perduta), de Pietro Marcello, Italia, 2015 © Pietro Marcello

El realizador Pietro Marcello concibió originalmente esta película como un retrato itinerante de la belleza y la pérdida de Italia, de la hermosura que convive con la ruina de muchas regiones del país. En sus viajes llegó al Palacio Real de Carditello y a la historia de Tommaso. El Palacio es una construcción borbónica del XVIII cerca de Nápoles que, durante muchos años, estuvo abandonada, saqueada por la camorra y usada a modo de vertedero. El pastor Tommaso Cestrone, llamado localmente el “Ángel de Carditello”, se enfrentó a la situación y, con sus propios medios, intentó recuperar el edificio, una lucha individual contra la misma camorra que expoliaba el edificio para lograr rescatar del tiempo y de los hombres una belleza perdida. “Bella y perdida” empezó rodándose como un documental de Tommaso, pero sufrió un cambio radical con su súbita y trágica muerte. Pietro Marcelo no dejó que su película quedara inconclusa sino que la reimaginó profundamente para volverla en una metáfora aún más poderosa sobre el hombre y su entorno, empleando como pulsión el constante homenaje a la figura de Tommaso y a sus ideales de salvar tanto la historia, el Palacio, así como los animales que se encontraba. La película comienza con la impactante visión subjetiva de un animal que entra en un matadero. Este animal es en realidad el gran protagonista de “Bella y perdida”, un búfalo llamado Sarchiapone para quien Tommaso solicita al aparato divino formado por un mundo de Pulcinellas que le confieran el don del habla. Y así este búfalo cuenta su historia y la del Palacio en primera persona, desde que Tommaso lo encuentra de pequeño hasta su final en el matadero, momento en el cual reflexiona sobre la creencia de los seres humanos de ser las únicas criaturas con alma. Esta meditación del animal es el gran corazón del filme, puesto que “Bella y perdida” establece un constate diálogo con el imaginario del espectador para cuestionar su relación con la naturaleza y con los animales. En cierto sentido, el paisaje posee un alma singular en la película, y Pietro Marcello conduce su cámara con un precioso sentido de la imagen para mostrar la naturaleza paisajística actual de Italia con una mística propia. Sin embargo, no termina siendo ni la frondosidad de los bosques, ni la historia en la que Pulcinella busca un nuevo hogar al animal, ni el Palacio, ni los hombres quienes despiertan el imaginario del espectador, es la relación de este búfalo con Pulcinella, el vínculo que se forma entre ellos, con su sentimiento de igualdad y de dependencia. Para hacerlo la película se inicia con los ideales del pastor Tommaso que siempre están presentes en el trasfondo durante todo el metraje y, posteriormente, estos ideales se enfrentan con la realidad al moverse por diferentes parajes italianos, todos rodados con una belleza propia, y mediante encuentros con diferentes personajes que van haciendo más inevitable el servilismo con el que el hombre termina condenando al animal. “Bella y perdida”, no obstante, no es un mero y directo alegato, es en realidad un sueño. Como muchos sueños, “Bella y perdida” empieza con un pie en la realidad gracias a Tommaso y su historia sobre el Palacio y, a medida que avanza, se desliga del suelo, da la sensación de que flota, muchas veces siguiendo la primera parte de su título y entregando momentos de gran belleza, y en otras siguiendo el segundo adjetivo y haciendo que su desarrollo se pierda en el aire onírico durante su corto metraje. Cierto es que la película sufre de haber tenido que ser reconstruida desde el final, desde el material rodado, para montar una narración con él pero, aún siendo una fábula imperfecta, posee un magnetismo cautivador. La película mezcla múltiples géneros para crear su propio tejido narrativo visual, desde el bucólico pastoril clásico que ya cultivó Virgilio, el realismo mágico, la fantasía, la tradición teatral italiana y el documental, con posos cinematográficos que pueden recordar a Andrei Tarkovsky y especialmente a la película de “Au Hassar Balthazar” de Robert Bresson, donde a través de un burro se muestra a la gente de su alrededor. Como el pequeño Príncipe y su zorro, Pulcinella y el búfalo establecen un vínculo entre ellos donde el sometimiento de uno tiene que llevar moralmente asociado un sentimiento de responsabilidad y respeto por parte del otro. El pastor Tommaso, actuando de recordatorio al seguir vagando por el Palacio tras su fallecimiento, continúa apareciendo a lo largo de “Bella y perdida” para mirar al espectador e interpelarle en silencio, preguntando si la belleza siempre se tiene que perder, si el hombre está condenado a no querer verla y a destruirla. No le es necesario decir en voz alta que parte de la perdición humana nace cuando el hombre no sabe ver la belleza ni en aquello que construye, como puede ser el Palacio, ni en la naturaleza que le rodea.