#Artes gráficas nº 466 #Almanaques

MG. Almanaque

Aula voladora de Melocotón Grande
#Artes gráficas nº 466

Almanaques

Siglo XVII

El alamanaque contaba al lector cómo vivir una vida larga, sana y, por encima de todo, moral, en permanente meditación sobre la muerte y luchando siempre por la sinceridad y la compasión.

Los almanaques eran antiguos libros de referencia que funcionaban como diarios anuales. Los almanaques, cuyo étimo probable es el término “manâh” (Este vocablo significaba signo del Zodiaco o emplazamiento en el que el sol reposaba doce veces durante el año. De él derivarían las acepciones relativas al reloj del sol o a la climatología y su referencia con la astronomía, como es el caso del término árabe “al-manaakh”), estaban asociados a la literatura de cordel, tanto por su forma de exhibirse como de venderlos por las calles. No obstante, cuando se hicieron más extensos y su calidad impresoria mejoró se fueron emancipando. Con anterioridad, no llegaron a tener una difusión manifiesta hasta finales del siglo XV, momento en que la imprenta ya se había divulgado y triunfado2 . En el medio rural fueron muy populares pues, además de contener el santoral, estas publicaciones anuales compendiaban conocimientos tradicionales vinculados a la salud, proporcionaban consejos a los agricultores y ganaderos, recogían usanzas enraizadas de la sabiduría costumbrista o facilitaban indicaciones meteorológicas y astronómicas.

Para su consulta, cada uno de los dos pliegos que componen un almanaque anual son partidos longitudinalmente en tiras, cada una de ellas, de unas dimensiones aproximadas de 320 x 60 mm., correspondiente a un mes determinado. Luego, son colocadas una tras otra hasta formar un único bloque, el cual es horadado en su parte superior, uniéndose todas ellas mediante una cinta. Además de este sistema casero, estos almanaques también podían consultarse introduciéndolos en un artilugio diseñado para tal efecto, en el que una serie de ventanas permitían su observación.

Al igual que sus propiedades físicas, el contenido formal mantiene unas cualidades similares durante todo este tiempo. Se encabezan con una descripción detallada alusiva a la fecha del almanaque y a las distintas noticias que en él se pueden encontrar, sin olvidar la referencia a su impresión.

A continuación, de manera longitudinal, cada pliego está dividido en siete columnas, en las que, a excepción de la primera, se acogen los días relativos a cada mes. Estas columnas alusivas a las mensualidades están encabezadas por una xilografía referente a los signos del Zodiaco, comenzando por Acuario y terminando por Capricornio. Luego se distribuyen los días de cada mes, uno debajo de otro, con indicación del día de la semana y la festividad; además se aporta otra información, como la relativa a los eclipses de sol, las fases de la luna, previsiones meteorológicas, la entrada de las estaciones o solemnidades y vigilias religiosas.

La producción de almanaques alcanzó su punto álgido probablemente en el siglo XVII. En Inglaterra, por ejemplo, se produjeron 460.000 copias de 30 títulos en 1687. La Stationers’ Company defendió su lucrativo monopolio de los alamanaques hasta que se liberó el mercado en 1775. En Alemania, el Badische Landeskalender se imprimía en tiradas de 20.000 ejemplares a finales del siglo XVIII, mientras que en Londres aparecieron 353.000 copias de Vox Stellarum en 1800. En Italia a finales del siglo XVIII, probablemente se producía un cuarto de millón de alamanaques cada año.

El Grand Calendier et compost des bergers, publicado desde 1491 hasta finales del siglo XVII, tuvo un enorme éxito no solo en Francia, sino también su traducción inglesa. Además de ofrecer los componentes habituales del almanaque, el Grand Calendier era un manual para la vida. Incorporaba el credo, el padre nuestro y los diez mandamientos, e incluía el supuesto consejo de un gran sabio, el pastor de las altas montañas.

Por último cabe decir que, siguiendo a la historiadora Carmen Gozalo, en España se comercializaban a mediados del siglo XVIII más de una cincuentena de almanaques, cuyos promotores eran impresores y negociantes. Más tarde, Carlos III prohibió su publicación en febrero de 1767 e igual determinación tomó en 1814 Fernando VII, estableciendo la edición de un único almanaque, redactado por el Observatorio Astronómico de San Fernando y publicado por el Gobierno.

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