#Artes gráficas #Infancia nº 459 #Hornbooks

MG. Hornbook

Aula voladora de Melocotón Grande
#Artes gráficas #Infancia nº 459

Hornbooks

Hornbooks, Primers, Chapbooks y The Horn Book Magazine

Fue en Inglaterra donde un editor audaz tradujo, en 1484, las Fábulas de Esopo añadiéndoles unos grabados de madera.

Los primeros libros creados específicamente para niños fueron textos educativos, libros de conducta y simples abecedarios, que solían ilustrarse con animales, plantas y letras antropomórficas. Hasta el siglo XIX, los niños de países de habla inglesa solían aprender a leer con un hornbook, que era una pequeña tablilla de madera de mango corto que sostenía una hoja de papel protegida por una fina capa transparente del cuerno. La hoja solía contener el alfabeto, una lista de sílabas elementales que consistían en dos letras cada una, y una oración como, por ejemplo, el padrenuestro. Los primeros abecedarios tenían a menudo un frontispicio que mostraba a un niño aprendiendo a leer a los pies de su madre y es que hasta finales del siglo XIX el hogar, y no la escuela, fue el entorno habitual donde los niños aprendía a leer y escribir.

Esta literatura popular era muy denostada por educadores y religiosos, que preferían las lecturas de santos a los cuentos fantásticos. En Inglaterra la ola de puritanismo, que veía la literatura de diversión como un pecado, multiplicó los libros moralistas.

Casi todos los instrumentos pedagógicos para hacer acceder a la lectura desaparecieron debido a su fragilidad y a su bajo valor mercantil. Al parecer, tres apoyos inaugurales estuvieron presentes casi por todas partes en Europa: el horn-book (carta o tavola, carta, tarjeta, paleta o tableta, horn-book o battledore), el abecedario y un primer libro de lectura (catecismo, libro de horas, prayer book, urbanidad). Un grabado inglés tardío (es de 1622) muestra el uso del horn-book en un marco preceptora: en una sala preparada para el estudio (se ve sobre la mesa un tintero y una pluma, un libro abierto y una palmatoria) un pequeño niño tiene en su mano izquierda el mango de una pequeña tablilla de madera. En su mano derecha, tiene un alfiler con el que indica las letras que enuncia y que tal vez el preceptor le indica. Este último, sentado en un sillón, mira por encima del hombro del niño (que está prácticamente de pie entre sus rodillas).

Ese instrumento ya existía en la Edad Media. A partir del siglo XVI, el alfabeto, se escribe (luego se imprime) ya no en columna, sino en dos líneas, en dos alfabetos consecutivos (minúscula y mayúsculas), siendo el primero invariablemente precedido por una cruz (La cruz recuerda al niño que debe hacer la señal de la cruz antes de empezar a leer y que la clase tiene la importancia de una oración. De ahí el nombre de Santa Croce, Croiz-de-par-Dieu o de Criscross, dado a los ABC en Italia, en Francia y en Inglaterra.)

En Italia desde el siglo XIV, los maestros de las “escuelas del ábaco” abren cursos privados o financiados por las comunas para entrar en las técnicas de aritmética comercial y de caligrafía.  Tras haber adquirido sus rudimentos con el latín, los niños pasan entonces a un escribir-contar en lengua común. Cuando los letrados deben escribir textos en latín y leer las obras maestras del pasado, los comerciantes quieren escribir y contar en las lenguas vivas de los intercambios comerciales. La masa de población vive sin leer ni escribir y sin sentir su falta, recurriendo, si es necesario, a los servicios de los clérigos, instruidos por definición: las palabras literatos y clóricos son entonces sinónimos.

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El Concilio de Trento recuerda la necesidad de instruir a todos los laicos desde su infancia. Leer el catecismo permite memorizarlo fielmente y precave contra los riesgos errores dogmáticos. La Iglesia romana aconseja entonces a los obispos y a los sacerdotes favorecer la alfabetización (de ahí la importancia de enunciar las verdades “al pie de la letra”) cuando las élites religiosas sienten la urgencia de enseñar a leer a todo el mundo, urgencia en este caso de aprender que la mayoría de las familias no experimenta en lo absoluto.

Las dos tradiciones medievales, sabia y práctica, ambas concebidas para “profesionales”, van a proporcionar, no sin dificultades ni modificaciones, los puntos de partida para alfabetizar al pueblo (adultos y niños) con fines no profesionales.

Se puede observar a través de tres tipos de fuentes: los apoyos utilizados para aprender a leer, los tratados que describen los métodos, en fin, los testimonios diversos (recuerdos de alumnos o maestros, iconografía o ficciones que ponen al grupo en escena, contratos establecidos entre un padre de familia y un maestro, etcétera).

Fue en Inglaterra donde un editor audaz tradujo, en 1484, las Fábulas de Esopo añadiéndoles unos grabados de madera. Este editor, que también publicó libros de caballería, imprimió las primeras lectura para niños: los denominados Hornbooks, Primers y Chapbooks. Los Hornbooks eran cartillas pedagógicas que, en una hoja y protegidos por una fina lámina transparente, mostraban los números o el alfabeto.

El «hornbook», una especie de cartilla escolar, que llamaríamos en español libro de asta, y que en realidad, aunque estuviesen dirigidos a los niños, no tenían nada de literatura infantil, sino que más bien eran rudimentarios libros pedagógicos.

Los Chapbooks, libros baratos y rústicamente editados, reproducían algún cuento, romance o balada. Los encargados de distribuir estas obras eran los buhoneros o vendedores ambulantes que viajaban de aldea en aldea y la mayoría de los textos eran rústicas adaptaciones de romances y fábulas. Estas hojas volanderas alcanzaron su apogeo en el siglo XVII. Todavía hoy, en algunos países, como Brasil, goza de gran popularidad la llamada literatura de cordel.

Fueron momentos significativos el nacimiento en Boston, en 1924, de la primera revista dedicada específicamente a la literatura infantil, The Horn Book Magazine; y el que, a partir de 1930, The New York Times Book Review incluyera una página quincenal sobre libros infantiles, y en 1949 apareciera The Children’s Books Supplement como una parte de The Times Literary Sumplement. Y cómo es sabido, sólo recientemente, a partir del fenómeno Harry Potter, el New York times comenzó a incluir una lista específica de libros infantiles más vendidos.

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