#Infancia nº 509 #Emilia Elías de Ballesteros. Problemas educativos actuales, de José Ignacio Cruz Orozco y Alicia Civera Cerecedo

MG. Emilia Elías 1

Aula voladora de Melocotón Grande
#Infancia nº 509

Emilia Elías de Ballesteros. Problemas educativos actuales, de José Ignacio Cruz Orozco y Alicia Civera Cerecedo

Edición española: Editorial Biblioteca Nueva. Madrid, 2017. Colección Memoria y Crítica de la Educación. Serie Clásicos.  Impreso en Lável Industria Gráfica. 200 pp. Rústica. 15,8 x 21 cm. 

En las primeras décadas del siglo XX muchas maestras se sintieron atraídas por las corrientes de renovación pedagógica, participaron en organizaciones femeninas y feministas que luchaban por la reforma social y la igualdad de derechos de la mujer, así como formaron parte de partidos políticos y de sindicatos.

Deudora de su trayectoria en España y desde los genuinos planteamientos de la Escuela Nueva, intenta ofrecer una réplica actualizada a los nuevos desafíos que comenzaban a desbordar la capacidad de respuesta del sistema educativo en el marco de la industrialización y la Guerra Fría, presentando alternativas a los programas educativos de la Unesco y otorgando protagonismo a los jóvenes y a las mujeres.

El 12 de junio de 1939 y a bordo del barco Sinaia, atracado en costas mexicanas, se escribió un texto breve pero muy elocuente sobre la Escuela popular mexicana. Las condiciones de excepción que rodearon a esta escritura y a su autor, don Antonio Ballesteros Usano, hacen interesante realizar su relectura, así como, recuperar los motivos y las circunstancias que determinaron el exilio en México de este maestro —y de muchos otros— para reconocer la obra que desarrolló en nuestro país.

Como consecuencia del estallamiento de la Guerra Civil Española, en julio de 1936, se produjo la inmigración en México de un amplio número de exiliados. Muchos de ellos, llegados en los primeros meses y años del conflicto, buscaban amparo mientras la guerra se resolvía pero los más, los que arribaron al finalizar la guerra, requerían del refugio indispensable para proteger sus vidas y las de sus familias, puestas en peligro por el triunfo de las tropas rebeldes y la pérdida definitiva de la España Republicana.

Este grupo de exiliados, provenientes de diversas regiones de España y de distintos signos políticos (los había republicanos, anarquistas, socialistas y comunistas) llevan el nombre genérico de “exilio republicano” por su filiación directa con el llamado Frente Popular, frente amplio de izquierdas, a partir de cuyo triunfo electoral en febrero de 1936 se establece el gobierno de la Segunda República Española, proclamada en abril de 1931.1 El número de exiliados, más cercanamente llamados ‘refugiados’, que llegó a México se estima en un promedio de 25 mil, aún cuando existen cálculos que varían entre los 14 mil y los 40 mil.2 Estas variaciones se deben, en parte, a que dicho ‘exilio’ no llegó junto y de una sola vez. Los primeros en llegar fueron los llamados Niños de Morelia,3 un grupo de 454 niños a los que el gobierno mexicano dio ayuda, a través de su Comité de Ayuda a los Niños del Pueblo Español, con la intención de alejarlos de la guerra y devolverlos a España en cuanto ésta terminara.

Este primer grupo llegó a México en los primeros días de junio del año 1937, cuando la guerra llevaba sólo un año de los tres que duraría y el amplio apoyo militar prestado por Hitler y Mussolini al general Francisco Franco, jefe de las fuerzas golpistas, no representaba aún un apoyo determinante para alcanzar la victoria nacionalista, definida hasta el primer trimestre de 1939.

Para esta fecha, la España republicana estaba ya estrangulada por las tropas nacionalistas rebeldes, no quedando más salida para los vencidos que el cruce por los Pirineos hacia la indiferente, cuando no hostil, Francia. En ella los refugiados fueron internados en diversos campos de concentración hasta lograr su salida hacia otros países, especialmente la urss y México, país este último cuyo gobierno, a cargo del Presidente Lázaro Cárdenas, se distinguió en el concierto internacional por su permanente apoyo y su lealtad al gobierno republicano y a sus defensores.4

Así, en junio del año 1939 con la salida del barco Sinaia del puerto francés Sète con destino al puerto mexicano de Veracruz, se inició la diáspora masiva española con el primer contingente fuerte, cerca de mil quinientos desterrados. Muchos más les siguieron, a bordo de barcos como el Ipanema, el Mexique (en el que dos años antes habían llegado los Niños de Morelia), el Nyasa o el Champlain. Hasta que, en 1942 estas expediciones masivas fueron suspendidas —contra la voluntad del gobierno mexicano— pues a consecuencia de la guerra extendida en Europa, Alemania e Italia amenazaban el tránsito por el Mar Mediterráneo de los refugiados europeos que huían del fascismo y nazismo. Grupos pequeños de exiliados siguieron llegando a México hasta el año de 1947.

La presencia del exilio español en nuestro país ha sido ampliamente reconocida, haciéndose mención generalmente a la aportación cultural de un grupo importante de intelectuales —muchos de ellos invitados por el gobierno mexicano a venir, desde el año de 1938, como profesores invitados, en lo que se resolvía el conflicto armado. Entre ellos se encuentran filósofos, poetas, escritores, pintores, médicos, ingenieros, en fin, profesionistas y artistas de alta calidad algunos formados en España y otros cuya formación terminó o fue realizada prácticamente en México. Mucho se ha dicho ya de ellos y de su aportación en los centros de enseñanza de nivel superior y de investigación científica y humanística como la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Politécnico Nacional y el Colegio de México, centro de investigación y formación fundado en julio de 1938 originalmente bajo el nombre de Casa de España.5

Sin embargo, poco se ha estudiado o al menos no de manera sistemática, acerca de la presencia de otros grupos de trabajadores que también se integraron al país que los recibió y dieron a él su trabajo, su oficio, sus conocimientos y sus convicciones. Tal es el caso de los maestros de escuela, esos educadores comunes y corrientes, pedagogos o profesionistas dedicados a la educación básica. Si bien, en estricto sentido podríamos decir de estos maestros que eran trabajadores intelectuales, su inserción en la sociedad mexicana tuvo una naturaleza mucho más específica al definirse comomaestros o maestros formadores de maestros.

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